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sábado, 4 de febrero de 2017

Religión provoca el mismo efecto en el cerebro que el sexo y las drogas

Uno jamás imaginaría que el sexo, las drogas y el rock and roll tuvieran algo que ver con la misa dominical. Sin embargo, en la práctica estas cosas producen el mismo efecto en nuestro cerebro. Un estudio reciente llevado a cabo por un equipo de la Universidad de Utah, en Salt Lake City, Estados Unidos, encontró que tener sexo, drogarse, escuchar música y rezar son actividades que estimulan la misma zona del cerebro.
Para llegar a una conclusión tan poco ortodoxa, los investigadores analizaron la actividad cerebral de 19 jóvenes mormones que asisten de forma regular a la iglesia y que han fungido como misioneros religiosos. Las conclusiones del estudio se publicaron hace poco en la revista Social Neuroscience.
En ambiente de laboratorio, los científicos simularon prácticas religiosas y escanearon la actividad en el cerebro de los adolescentes. Empleando exámenes de resonancia magnética, se hizo posible apreciar que mientras daban lectura a textos sagrados sintiéndose espiritualmente plenos, una región del cerebro llamada núcleo accumbens se activaba.
Esta zona cerebral funciona como un centro de recompensas y ha sido asociada en el pasado con la adicción a las drogas, juegos de azar y sentimientos tanto de amor fraternal como romántico. Dicho de otra forma, es la misma área del cerebro que se activa cuando abrazas a tu madre o cuando te drogas, ingieres una comida que es tu favorita o haces una oración.
La conmoción religiosa de los mormones al momento del estudio también fue apreciada en la región del córtex prefrontal, una parte del cerebro que actúa de forma directa sobre la toma de decisiones lógicas y en cómo las personas se comportan en un entorno social. Además, es en esta región del cerebro donde se procesan los juicios morales.
Otro aspecto que atrajo la atención de los investigadores fue la aceleración del ritmo cardiaco y la respiración pesada de los voluntarios.
Los resultados apuntan a que pasar por una experiencia religiosa puede interferir tanto con nuestro pensamiento y raciocinio como interfiere cuando estamos enamorados o esforzándonos para abandonar una adicción. ¿Residirá aquí uno de los misterios de la fe?

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